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La esclavitud espacial del pensamiento

La esclavitud espacial del pensamiento

La esclavitud espacial del pensamiento

Desde hace muchos años tengo la sensación de que todas las cosas llamadas a liberarnos, en muchas ocasiones, se convierten en nuestras mayores prisiones, bien por nuestra obstinación en su búsqueda, la dependencia de su posesión, el miedo a su pérdida, etc.

“La razón os hará libres”, “el amor te dará alas”, “el dinero te dará la independencia para…”, etc. son todo ejemplos de ello.

La semana pasada me creía libre de un cierto sentimiento porque había estado fomentando su opuesto a través de la reflexión, la observación, etc. y en sólo un segundo me di cuenta de cómo toda mi construcción mental se venía abajo, de lo que saqué varias conclusiones:

  • A pesar de ser una persona eminentemente lógica, una sola sensación puede desbaratar cualquier tipo de razonamiento, independientemente de la antigüedad, complejidad y tamaño de éste.
  • Necesito descubrir la forma de liberarme de las cosas que en un momento dado me atrapan, ¿pero cómo?

Al volver a casa no pude dormir, miles de ideas, sentimientos y sensaciones me mantenían despierto en una caótica (pero reconfortante) sesión de autoconocimiento y constructiva revelación.

De repente, todo se calmó y una imagen sencilla apareció en el medio de un espacio completamente en blanco en mi mente, era un punto. Representaba la idea de cómo cada uno de nosotros tenemos millones de opiniones, sentimientos, etc. únicos, inamovibles, aislados, encapsulados,…Y después llegó una sensación, la de que efectivamente yo no era una excepción y ese sentimiento del que no me podía deshacer era ese punto indeleble, profundo y doloroso que me anclaba en una situación muy desagradable.

Una segunda imagen apareció de forma inmediata en mi lienzo mental, era otro punto, lejos del primero, representaba lo contrario, tenía una intensidad igual pero la sensación era de oposición al primero y de alguna forma placentera, de alivio. Aunque fugaz.

Mi cabeza enseguida unió los puntos (como en los juegos de niños en los que hay que unirlos siguiendo una numeración para descubrir una imagen) y me di cuenta de que ambas cosas no sólo estaban unidas, sino que formaban una recta, en la que todos los puntos intermedios entre ellos, han sido lugares en los que he estado en mi huida y mi recaída, de uno a otro en innumerables ocasiones. Por lo que sentí que el mecanismo natural que todos tenemos de evitar una cosa dirigiéndonos al contrario, sólo refuerza lo que intentamos desechar, con un gran esfuerzo de escape, inútil a todo plazo, como si se tratara de un agujero negro que nos atrapa y nos atrae, porque como constante motivación de nuestra huida nunca lo dejamos ir.

(Días después hablando con Malibe de ello me comentó que, en Psicología, parte de esta visión se denomina la “regla del péndulo”, lo cual reforzaba mi sensación sobre este tema, pero además me provocaba la idea de que el equilibrio entre los extremos -lo que deseamos evitar y su opuesto- tampoco es la solución al problema, porque si no se tratara de un estado de inmovilidad total en el punto medio, pronto estaríamos yendo de nuevo de un lado a otro, y ¿cómo mantener una posición de tal equilibrio con nuestro continuo y turbulento mundo interior y exterior?)

Esa misma noche, un rato después de vagabundear por ideas y sensaciones acerca de la línea en la que siempre me encuentro, vino otra imagen… la de un tercer punto, el de “la alternativa”, la posición que puedes adoptar fuera de la línea cuando observas desde otra perspectiva, el recurso de los que nos planteamos todo, estamos abiertos a otras cosas, etc. Por un momento sentí haber encontrado la solución a la esclavitud bipolar (y de toda la gradación intermedia), pero inmediatamente me di cuenta de que si dos puntos crean una recta, tres crean un plano, con lo cual, de algún modo seguía teniendo un rango de libertad algo mayor, pero todavía insuficiente… ¿cuántas perspectivas diferentes necesitaría para crear un universo lo suficientemente grande para que el agujero negro no me absorbiera de nuevo?

Todo paró de repente y lo sentí. No existe posición o pensamiento fuera del punto inicial que pueda liberarnos de él. Todo es una huida. En la huida no puede haber libertad. Hay que volver al punto inicial, quitarle el nombre, despojarlo de las sensaciones, pensamientos con los que lo asociamos. Pero, ¿cómo hacerlo? Abrazando todo ese universo descrito, viviéndolo como una única cosa, observándolo sin juzgarlo, percibiendo cada sutil detalle, entendiéndolo en toda su dimensión, complejidad y sencillez, sintiéndonos a nosotros, aceptando lo que es, amándolo por lo que es y lo que nos aporta, perdonándolo por lo que nos causa y a nosotros mismos por lo que nos ha hecho hacer, etc.

En física cuántica existe una ley, que se llama “principio de incertidumbre” o “relación de indeterminación de Heisenberg” y como una de sus numerosas conclusiones afirma que si en la práctica intentáramos ver un electrón (partícula del átomo) sería necesario que un fotón de luz chocara con el electrón (para iluminarlo), lo cual modificaría su posición y velocidad natural, es decir, que por el hecho de la propia observación, se alteraría su tendencia natural. Independientemente de las complicaciones, interpretaciones y contextualizaciones físicas necesarias para entender este principio y su significado, quizás el símil pueda ser útil y la idea fundamental pudiera servirnos como herramienta clave en este tema que estamos reflexionando hoy: La observación (sin juicio, ni intención de manipulación, huida, etc.) quizás podría ser el proceso por el que se modifica el elemento de forma natural.

Es ese miedo que se desvanece cuando apagas la luz, te sometes a él, se va sosegando la mente, descubres que no pasa nada y al rato comienzas a sentirte cómodo.

Es esa rabia que te consume cuando piensas en algo que te contraría, que crees que te ataca, que te va consumiendo en una espiral perjudicial, que cuando logras distanciarte y observar, admites tan desproporcionada, como innecesaria y destructiva.

Es esa relación amorosa apasionada, turbulenta, egoísta, furtiva, etc. en la que cuando la comprendes, los sentimientos se apaciguan y brota un amor incondicional, no posesivo, a distancia, constructivo, no carnal, no emocional, no físico… sino trascendental, que te hace descubrir una dimensión del amor diferente, nueva, fresca, que desde ese momento se brindará no sólo a la persona relacionada inicialmente con ese amor, sino a todos los que te rodean.

Tras varias horas sentí algo indescriptible, la completa y serena libertad de una situación que me atenazaba el corazón, me nublaba la razón y me desequilibraba por completo.

Espero que las siguientes conclusiones os ayuden a liberaros de algunas de esas ataduras emocionales e intelectuales que todos sufrimos:

  • Una sola posición (opinión, sentimiento, etc.) nos ata, limita nuestro margen de maniobra, nos condiciona, conlleva una serie de consecuencias… (es como el poste al que está atado el perro en el jardín, cuya libertad de movimiento depende de la longitud de la cadena, de las cosas que hay a su alrededor, etc.)

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  • Buscar el “opuesto” e ir vagando de uno al otro extremo, tampoco nos libera (es la cuerda atada entre dos postes a la que está atada la cadena del perro).

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  • Cualquier posición fuera de esa línea entre el punto inicial y su opuesto, aunque aparentemente nos dota de una mayor libertad y sensación de superación del problema, pertenece al mismo sistema, por lo que no evita que irremediablemente acabemos siempre volviendo al mismo sitio (el perro siempre se echa en el mismo sitio del jardín, ¿os habéis fijado?).

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  • La huida nunca cesa y el propio propósito de escapar no nos permite dejarlo atrás. Por lo que salir de algo, no comporta estar fuera de ello (aunque suene paradójico).
  • Sólo la comprensión real y total de lo que nos atenaza lo puede redimensionar, darlo sentido e incluso hacerlo desaparecer.

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