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El libre albedrío como espejismo

El libre albedrío como espejismo

El libre albedrío como espejismo

TOMAR DECISIONES ES DE LO MÁS DIFÍCIL (Y QUIZÁS INNECESARIO) DE NUESTRA VIDA

 

(RAE, libre albedrío: “potestad de obrar por reflexión y elección”).

El otro día estuve hablando durante varias horas con una nueva Perspectiver principalmente sobre cuáles eran sus expectativas, qué debía hacer para tener más posibilidades de lograr sus objetivos profesionales, etc. y salieron varios temas que a nosotros nos dieron mucho que pensar y que quizás puedan ser interesantes también para vosotros.

Hasta hace unos años, yo pensaba que no tomar decisiones era un acto de cobardía, un reflejo de la ausencia de carácter o de compromiso con la situaciones. Poco a poco, me he ido planteando si quizás (y puede que esté equivocado) realmente no sea necesario tomar decisiones, ni tampoco debiéramos sentir la gran responsabilidad de hacerlo.

¿Por qué digo esto?

Nuestra sociedad, gobierno, sistema, etc
.
restringen el margen de actuación como medida de control para (supuestamente) defender el bien general, facilitando todo lo que es (o quieren que sea) más frecuente y dificultando lo excepcional.

Las opciones entre las que generalmente podemos elegir son bastante limitadas en la realidad (en nuestras mentes creemos que tenemos infinitas, pero por viabilidad dada las circunstancias, comodidad o lo que sea, raramente solemos barajar más de dos o tres, normalmente bastante parecidas o totalmente contrapuestas, en un sublime ejercicio de creatividad y creación de alternativas).

– Habitualmente la urgencia o la importancia de la decisión nos la impone la vida, con algún suceso concreto, ya que en condiciones normales no sentimos la necesidad de cambiar nada e incluso nos da miedo.

Los criterios con los que tomamos una decisión suelen ser bastante comunes, a pesar de haberlos hecho nuestros y parecernos totalmente propios (factores religiosos, socio-culturales -generales, familiares, del grupo de amigos, etc.-, económicos, fisiológicos -como la genética- y muchos otros).

Los resultados de nuestra decisión son casi idénticos a los de muchos otros antes y probablemente bastante predecibles (no hay demasiado valor añadido en ello).

El grado de acierto (visto con cierta perspectiva) sólo depende de si hemos elegido lo que la situación requería (aceptación=éxito // rechazo=fracaso), encadenado como una tendencia de “buena o mala suerte” según nuestra obstinación ante lo obvio (que era o no lo que se debía hacer y/o el momento para ello)

 Así que sólo para que yo me aclare, todos nos enorgullecemos de ser libres por…

              …la variedad en las opciones (muy limitada),

              …lo que nos ha llevado a tomar la decisión (un suceso externo no controlado),

              …la gran cantidad de argumentos y criterios para su análisis (totalmente heredada, ya

                     sea a favor o en contra)

              …los inigualables resultados (bastante comunes y predecibles)

              …nuestro grado de acierto (que es realmente la capacidad de ver lo que la vida pide)

Entonces, ¿Por qué no admitir que la sensación de que tenemos el control de nuestras vidas es sólo una ilusión en realidad que nos hace creernos más seguros?

¿Y si quizás la verdadera libertad está en ser capaz de adaptarse a cada situación, en cada momento, sin tener que tener un plan u opinión previa?

Nuestras experiencias, conocidos, estrategias, ideas, convicciones, etc. son condicionantes que nos hacen ser de izquierdas o de derechas, optimistas o pesimistas, creyentes o ateos, románticos o desencantados, buen o mal padre/madre/marido/mujer/hijo/a y miles de otras cosas entre ellas y fuera de ellas…

Todas estas etiquetas con las que nos identificamos, nos definen, nos diferencian y nos acercan, por ellas se nos reconoce, son en teoría lo que nos da seguridad, pero sin embargo, son nuestro mayor lastre, nuestra mayor prisión, nuestra mayor e innecesaria responsabilidad

Si el presente ya requiere una mayor capacidad de adaptación, en el futuro va a ser una condición imprescindible, por eso cuanto más capaces seamos de entender una realidad compleja/cambiante y menos peso llevemos, más fácil será… ¿QUÉ TAL VAIS DE LASTRES? (Una pista por si no me he explicado del todo bien, si sois de los que tenéis mucha información, os enorgullecéis de tener opiniones concretas y debatís con pasión vuestra postura frecuentemente,… ¡LLEVÁIS DEMASIADA CARGA!)

Entonces, ¿tomamos decisiones o no?

Ya que parece que las cosas tienen que cambiar (y para ello, necesitamos hacerlas de una forma radicalmente distinta) os recomiendo ir haciendo como juego de adaptación, lo contrario a lo que os salga instintivamente y observar qué sentís (si en una conversación os posicionaríais de un lado, intentad defender el otro o incluso abandonad la necesidad de tomar partido, al ver que en ninguna de ella tenéis un interés fundamental. Si parece que hay que tomar una decisión sobre algo, no lo hagáis, dejad que simplemente la situación se vaya decantando por la opción que sea y ved si es la que habríais elegido, por qué, qué pudo significar el hacerlo o no, etc.)

Yo, a modo de experimento, estoy dejándome llevar por las circunstancias, reaccionando en cada instante a los diferentes estímulos que llegan, intentando no caer siempre en las mismas respuestas. Es como si la vida fuera dejando señales, poniendo pruebas, mostrando opciones y descartando alternativas. No entro en si es una cuestión divina, el destino o simplemente un cúmulo de situaciones que nosotros creamos, ni sé en qué acabará o si al final merecerá la pena.

De momento, tengo la impresión de que las “grandes” decisiones (referentes al futuro) no están de verdad en nuestras manos, y por tanto, no me encargo demasiado de ellas, mientras que a las “pequeñas” cuestiones del día a día (que conforman el AHORA) les presto toda mi atención y lo vivo más intensamente (tanto lo aparentemente positivo como negativo) (¿a cuántos de vosotros no os gusta vuestra situación actual? quizás esa es la pista que os da la vida y que no estáis haciendo caso, a lo mejor es momento de ser más conscientes del ahora y posiblemente de un cambio…)

El dicho “a corto plazo solemos arrepentirnos de lo que hemos hecho y a largo plazo de lo que no hicimos” inmediatamente me evoca el remordimiento de algo impulsivo puntual y el pesar de la falta de visión y valentía. Pero si lo observo detenidamente y sin juzgar, en ambos casos, el problema no me parece en si la mala decisión, sino la mala interpretación de la realidad, que a su vez es un reflejo de la falta de sintonía con el “ahora” que hablábamos antes, quizás por vivir en el pasado (recuerdos) o en el futuro (planes y proyectos)…

(NOTA: aparte de la tristeza de no tener lo único que poseemos, ¿cómo de mala será la construcción de algo tan complejo como el futuro, con tan malos cimientos presentes?)

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