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Cultura emprendedora y espíritu empresarial en educación

Cultura emprendedora y espíritu empresarial en educación

Cultura emprendedora y espíritu empresarial en educación

Desde una perspectiva educativa, el término emprendimiento resulta poco conciso y tiene un origen práctico que puede generar dudas en su acepción. En su origen, el emprendimiento se configura como el conjunto de las acciones llevadas a cabo con el objeto de poner en marcha una actividad empresarial. En este sentido, el emprendimiento no surge de ningún marco teórico, sino que representa la voluntad de cubrir una necesidad en el mercado a través de un producto o servicio.

Sin embargo, este desarrollo del espíritu empresarial se ha dado desde el origen del liberalismo, así que, ¿por qué ahora le damos tanta importancia, lo promulgamos tan asiduamente? Si bien es cierto que históricamente algunos países la cultura emprendedora tiene mayor arraigo, el Consejo de Lisboa del año 2000 puso sobre la mesa la necesidad de perseguir ciertos objetivos comunes a toda la Unión  con el fin de reforzar el empleo, la reforma económica y la economía social. Por ello, se desarrollaron una serie de ideas destinadas a la configuración de las políticas tendentes a la conversión de la economía europea en una economía basada en el conocimiento, competitiva y dinámica, capaz de crecer económicamente de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión social. Una de estas políticas fundamentales se concibió como el fomento del espíritu empresarial, definido como la actitud y el proceso de crear una actividad económica combinando la asunción de riesgos, la creatividad y la innovación con una gestión sólida, en una organización nueva o en una ya existente.

La educación, como sistema para el desarrollo del ser, es absolutamente necesaria para promover la cultura emprendedora, y juega un papel fundamental en el ulterior desarrollo económico y social. La educación debe influir en las aspiraciones de los estudiantes respecto a la creación de empresas, y la política educativa debe ayudar a aumentar las intenciones empresariales y provocar un impacto que favorezca la conversión de estas intenciones en actuaciones exitosas. En este sentido, la educación contribuye a generar una actitud favorable, al aumentar la sensibilización  por el trabajo por cuenta propia y proporcionando las competencias emprendedoras necesarias, siendo el espíritu empresarial una capacidad básica que sólo puede inculcarse mediante el aprendizaje permanente, a lo largo de todos los ciclos y procesos formativos.

Los educadores y formadores tenemos por tanto una gran responsabilidad, al ser actores cruciales en el fomento de una actitud proactiva en nuestros alumnos, aproximándonos al mundo de la empresa y extrayendo las competencias profesionales que mejoren su desarrollo integral y su empleabilidad.